-¡lo juro! ¡Me portare bien, déjame quedarme!- con la insistente sonrisita de un niño, Mori parece no comprender el disgusto de Go -sigues enojado…-murmura- ¡pero no me dices por qué!- con la mirada inocente parece tentar a Go a hablar, perdiéndose en sus ojos, pero la situación no lo amerita por lo que precipitadamente dice:
-lo siento, no tengo tiempo y siempre me han molestado los niños cuando crecen, “los chicos grandes son aburridos”- con la ternura echa frialdad muestra su mirada
Ya sin poder retener las lagrima, Mori desata un sollozo mas doloroso que la frase misma y en el consumo de un velo de tristeza cae de bruces al piso. Allí el mundo alrededor es quien le corta el aire. La agonía lo consume, como si la hubiera retenido por tanto tiempo como para que solo un segundo después de su estallido pueda cumplir su propósito, el abismo
Su mirada, la muerte debajo de un mar de recuerdos. Momentos, sonrisas y motivaciones de un pasado lejano, pero como si fuera necesario con un futuro inexistente
Mori, con el aire justo para seguir respirando, bajo el jadeo incesante de la desesperación, se levanta, como si del pasado y el tierno amor quebrados, sacara fuerzas para hacerlo.
Con una mueca disfrazada de sonrisa, disipa todo lo anterior para desnudarse con solo una frase, solo una respuesta. Solo una culpa, un intento de revancha, una única verdad para ser correspondido, como si solo eso pudiera salvarlo. Su revelación es su as, y su as, es todo lo que tiene
- te… yo… te amo
Y bajo estas mismas palabras, guardianas de centenares de esencias, fantasías, deseos, sonrisas, momentos, eternidades de sentimientos, sueños, todo en aquella frase, que ahora parecía desvanecerse, no cobrar efecto, como si no tuvieran valor. La existencia de Mori se debía a ellas, pero ahora ya no importaban, eran una frase más para Go. Nada mostraba lo contrario
Fantasías, sueños de niños que se precipitan en la siempre desconsiderada realidad .Pero estos sueños se precipitan al turbio abismo de la desesperación. La desesperación que parece conformarlo y solo junto a la incertidumbre que produce este amor se unifica en un ser. Un ser solo. Sólo un ser. Alguien más fuera de la dicha. Alguien más muerto.
Y de la tristeza que contiene esta fuerza parece que no podrá seguir. El aire alimenta sus lágrimas. Pero para la seguridad de este amor, de los recuerdos vividos, se levanta. Se sostiene por todas aquellas telarañas que estuvo tejiendo. Débiles, pero seguras para su creador.
Y ahora si con todo lo que tiene avanza. Se mueve. Camina hacia él. El verdugo de esta nueva tierra, de algún simple sueño a noches en vela. Solo.
De repente el límite de comprensión se quiebra. Se detiene. Empapado con la suave melancolía de la profanidad de este amor inconmensurable, sonríe. Esta vez con la aceptación de un adulto.
Aunque su cuerpo desde hacia tiempo fue su bendición y maldición, supo que esta vez el desagrado del pasado se acababa, pero el amor en estos negocios esta prohibido…
Lo más ingenioso del niño fue su mal juicio. Aquella situación de desbordarse en llanto. Sin duda un niño. Un niño que entre sus juguetes nunca obtuvo lo que hoy perdía. Aquella hermosa sensación de desprecio le encendía la verdad. El amor por su asesino no era cualquier capricho.
Pude ahogarse en cualquier tormento antes pero este, este era único. Simple. Muerte. La simplicidad de su corazón lo asusto, queriendo abandonar todo su conocimiento volvió. Volvió a donde las caras borrosas parecen no olvidar, para seguirlo. Seguirlo donde este. Siempre. Siempre solo. Probar de su propio veneno fue más fuerte que cualquier cosa. El color de aquel sentimiento fue correspondido por la actitud que tuvo desde hace mucho tiempo: la indiferencia
La indiferencia ¿Acaso existe un sentimiento más cruel?
La cruda verdad que representa es sencilla. Tu ser no es requerido. No es necesario. Tu esencia no importa. Sin importancia no eres nada. Todo por lo que luchas no existe, no importa. Eres tu en un fondo blanco frente a la oscuridad de lo inevitable, lo desconocido. Que destino más indecoroso, indeseable. Qué final tan doloroso.
Puede caminar ya muy lejos de todo lo que hace solo un momento lo mantenía en el mismo plano que Go. Ya todo queda atrás porque no hay nada que importe. Una vez más las caminatas pesadas comienzan a tomar poder y proporcionan un cansancio deferente al de antes.
¿Qué no daría Mori por abandonar de una sola vez el dolor que lo presiona por dentro? Ese fuerte pesar que ahoga su pecho cuando al recordar a Go no deja de pronunciar su nombre si quiera. La angustia lo envuelve en unas lágrimas melancólicas que sin miedo alguno dejan que el frágil cuerpo se consuma.
Si al llegar al terrible lugar que por mucho tiempo lo tuvo prisionero unos brazos hambrientos de calor lo sujetan ¿qué será del recuerdo? Una habitación bañada de gemidos y esencias de lujurias lo estremecen. Vuelve a recurrir al viejo castigo solo para desviar su mente. Un nuevo cuerpo que lo sostiene parece quebrarlo tan fácilmente. Ni puede reconocer el origen del sufrimiento que frágilmente se desvanece. Este cegado por un solo dolor, lo demás no importa como lo vea, es solo un decorado.
El placer atado al olor de muerte lo desvanece. Perderse como siempre es posible. Si solo encontrara una forma de escapar de una vez por todas, tal vez el cielo fuera diferente. Destrozado sobre una cama alquilada. La soledad le roba lo que quedaban de sus lágrimas. Hasta respirar resulta imposible después de que la realidad golpee fuerte el rostro al igual que el viento más allá de la ventana. No muy lejos, ya que la cobardía lo ata fuerte al mundo que lo vio nacer. El mundo que comparte con el recuerdo de go parece muy estrecho para el que se avecina a la ventana a espiar su sangre manchando las sabanas.
Sus ojos desteñidos intentan cerrarse. Solo puede desear que con el día todo su interior ya se haya desvanecido por completo. Solo puede pedir que el pasado entero se pierda. Que el viejo sol queme por completo la inútil esperanza que solía albergar profunda en su pecho. Si las lágrimas podrían desprender la carne podrida de sangrar… quizá podría su último estertor ser el final de los recuerdos del pasado. No hay forma de saberlo.
El viento incoherente sigue atrayendo las miradas furtivas de los asesinos de afuera. Los días fríos envuelven como pueden las alas rotas del pequeño ser que se debate entre la soledad o el sufrimiento. Pequeñas dosis de veneno lo mantienen despierto o le dan descanso al pálido cuerpo. Dejando marcas en sus antebrazos suele admirar desde lejos el paisaje de afuera. El fuerte color del cielo lo desvela por horas. El frio que recorre su cuerpo es sucumbido por otros cuerpos dejando en su interior una tormenta de nieve descomunal.
Las hojas revoleadas por el viento llegan a danzar de tal forma que trasforman el lúgubre escenario de invierno en una función de teatro. Después de todo somos miles de actores con miserables o elegantes papeles, dependiendo de nuestra interpretación.
Una extraña sensación de desesperación despierta al chico. Un cuerpo más grande que el suyo lo devora con ferocidad, sin ningún recato. La asquerosa visión lo descompone por completo. No puede evitar el malestar que siente, después de todo cualquiera lo sentiría igual.
Un gran carmesí en su rostro y heridas en todo su cuerpo quedan como marcas de aquel ingrato. Sin soportar la humillación de las naucías de Mori grabo su ira sin piedad sobre el inocente cuerpo. Pobre cuerpo sin corazón yace en el suelo sucio de un baño ajeno.
La noche oscura lo acompaña a callejones indeseables. Otra vez las alas del pequeño ángel, destrozadas, no logran alzar vuelo. La sonrisa perdida en el pasado no regresara. Ya el pasado se vuelve una historia inventada. ¿Qué quedara de esta alma maldecida desde el comienzo? Ya no habrá nada de lo que sostenerse si la piel continua siendo rasgada de esta manera. Aunque como siempre las noches son una parte del “día” la diferencia es enorme.
El recurso único en este tiempo de desamor esta arruinado. Ya no es posible soportar algo más. Si el beso de la muerte eterna lo durmiera en un nuevo amanecer podría su sonrisa reaparecer. Una sonrisa de tranquilidad, de fin. Podría traer un fuerte veneno la paz al tormentoso infierno del que es prisionero, bajo la necesidad imperiosa del olvido del cambio, de seguro Mori haría cualquier cosa. Quizá el veneno no pueda convencerlo, tal vez la fuerza del viento rompiendo en su cuerpo con el abrazo fogoso del implacable suelo sea necesaria. Ya es tarde nuevamente para pensar en salirse de la jaula. Vuelve como siempre a resucitar el recuerdo con la acción repetitiva de la condena.
Innecesario el sol se levanta supremo en el cielo celeste. Lo que le queda de sentidos, frente a esa ventana, parece reavivar con la esperanza de vislumbrar lo que en verdad aparece en la puerta, lado contrario a esta.
Una silueta única se mantiene congelada debajo del marco de madera de la habitación.
Como un susurro las palabras “no puedo dejarte” llegan a sus oídos. ¿Cómo puede semejante frase salir de la voz de Go? Imposible. Con esfuerzos el frágil cuerpo sobre la cama voltea, descubriendo así aquel ser que abandono sin consideración los sueños del pequeño.
¿Por qué ahora una tenue sonrisa colorea el rostro de Mori? ¿Cómo puede sentir su corazón cabalgar tan fuerte después de tanto dolor?
Muy dentro de él parece cesar aquella tormenta que lo devoraba. Una llama inexplicable comenzaba a consumir su interior. Como si todo fuera un sueño volvió a observar la noche. La oscuridad colosal con solo una luna nívea desnudándola.